David Hume y el Estado de Derecho

Si algo ha caracterizado el pensamiento político de David Hume es la mesura y el equilibrio que debe existir entre gobernantes y gobernados, pertenezcan estos a una monarquía o a una república, a una democracia o a una dictadura.
Para Hume, la civilidad y la barbarie de una sociedad está en función de la fortaleza o debilidad de su estado de Derecho, esto es, de la aplicación o no de las leyes que rigen la relación entre los miembros de esa comunidad, bajo el pacto social de la que ésta emergió, y que incluye tanto a gobernantes como gobernados.
No hay formas de gobierno malas ni buenas sino en función de la efectividad de su sistema de leyes, de manera que una monarquía o una república, según Hume, pueden ser civilizadas si su marco jurídico es justo con sus gobernados y riguroso con sus gobernantes, y barbárica si este marco jurídico es violado sistemáticamente en perjuicio de los unos y los otros. En la sociedad civilizada, afirma Hume, “las leyes no dependen del carácter y la conducta de sus gobernantes”. Por eso, agrega: “todos los gobiernos son iguales, la única diferencia consiste en el carácter y la conducta de los gobernantes”. Los buenos gobernantes y, por extensión, los buenos gobiernos, siguiendo a Hume, no gobiernan para su propio beneficio, jamás anteponen el interés propio o de grupo al bien común, y siempre basan su poderío en la fuerza de sus leyes e instituciones, independientes y autónomas de quienes las dirigen.
Un buen gobernante, dice Hume en una parte de su Tratado de la naturaleza humana, “no tiene ningún interés en ningún acto de injusticia y, por el contrario, todo su empeño está en procurar la justicia” pues ésta es lo único que sostiene la integridad de una sociedad.
“El poder arbitrario, en todos los casos, es algo opresivo y degradante –afirma Hume-; pero es al mismo tiempo ruinoso e intolerable cuando se concentra en pocas manos, y se agrava todavía más, cuando la persona que lo ejerce, sabe que el tiempo de su autoridad es limitado e incierto”.
Las leyes, pues, pero las leyes justas deben regir la vida de una sociedad e imperar sobre cualquier forma de gobierno y cualquier interés personal o de grupo, siempre tomando en cuenta el bien común sin que esto signifique jamás tener que pasar por encima del derecho y voluntad de las minorías.

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