Confesiones

Se levanta mi hija de la mesa, luego de haber comido un arroz chino con pollo y huevo frito, y dice a mi mujer: Sabes qué, mami, a mí me gusta echar muchas mentiras, ¿sí, mija?, sí, mami, muchas, por ejemplo -le dijo-, ayer le dije a mis compañeros a la hora del recreo que tú me pegabas bien mucho, fuerte, pero de verdad, cuando te agarraba dinero de la bolsa, sin que te dieras cuenta, pero fuerte fuerte que me pegabas, y que luego venía mi papa y también me pegaba, fuerte fuerte, con los ojos encendidos de coraje y fuego saliéndole de las orejas, ¿eso les dijiste, mija?, sí, y además que mi hermano también me pegaba, y con la hebilla de un cinturón, mami, todos mis compañeros –le dijo a mi mujer- abrían la boca sorprendidos nomás, bien chido, y luego se la tapaban con la palma de la mano y los ojos abiertos como platos. Bien chido. Vino mi mujer a mi pequeño estudio y me contó la historia. Que le gustaba a la niña decir muchas mentiras, y lo que le había dicho, ayer, a sus compañeros a la hora del recreo. Que bien chido, dijo mi mujer. En este país confesar algo así es más grave de lo que parece. Aunque mi hija, luego del consejo, nos dijo que les diría que no era cierto lo de los golpes, no podemos dejar de sentir que, en cualquier momento, irrumpirá en casa la policía y nos refundirá, a todos sin excepción, en la cárcel.

 

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