Colima

Estuve en Colima, mi tierra natal, de paso: uno, dos, tal vez tres días. Saludé gente que no conocía, saludé también a gente que conocía pero que no reconocía y a gente que conocía y reconocía, pero con la que, por alguna razón, no pude conversar. Fui al barrio donde nací, Los Viveros, pero estaba desolado. Como mi hijo quería que le dijera dónde estaban los lugares que mencionaba en mi novela La mala jugada, lo llevé a cada uno de ellos, siempre anteponiendo el: “aquí estuvo…”. Pronto me di cuenta de que mi barrio ya no existía tampoco, como tampoco existían los amigos que tuve, esa gente que conocía pero que no reconocía. Me sentí, por un instante, como si hubiese llegado a una ciudad extranjera, tal como cuando llegué por primera vez a Nueva Zelanda. Era un forastero más en mi ciudad, sin dejar de serlo todavía en Nueva Zelanda. Algunos se dicen ciudadanos del mundo. Yo no puedo menos que llamarme un forastero del mismo. Me quedé, en poco menos de una década, sin casa: sin lugar. ¿Así también me mirarán los otros? Para no hacer mi ajenitud tan evidente, actúo como si fuera el mismo de antes, ese que ahora es nada más un vago recuerdo de lo que soy, pero no creo que pueda engañar a nadie. Por eso me pregunto: ¿así también me mirarán los otros? Me quedan algunas esquinas, algunas calles, algunos puestos incluso de comida, el mercado Constitución, donde comí todos los días mientras estudiaba Derecho, algunos árboles (porque muchos han sido derribados) y algunos rostros (pues algunos se han ido), y cuando todo esto se extinga, como tantas otras cosas se han extinguido ya: ¿qué me quedará de aquí? ¿qué me quedará de allá? No tuve oportunidad de caminar de sur a norte la ciudad, como hago cada año, recorrerla a pie, andando y mirando por las ventanas abiertas en el interior de las casas, buscando algo mío que quizá siento perdido, o algo ajeno a lo que pueda asirme. Salí de la ciudad tal como salen los forajidos: huyendo despavoridamente, con la única diferencia de que yo no llevaba entre mis ropas ningún botín. Si acaso, y es mucho ya decir, un puñado de cenizas.

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