Chistes

A mi hijo se le abotagaron de lágrimas los ojos de un instante a otro, mientras comíamos. Estaba yo contándoles un chiste del JJ y, de pronto, mientras nos reíamos a mi hijo se le abotagaron los ojos de lágrimas. Risas y lágrimas al mismo tiempo. No lo pude entender. Creí que se reía del chiste que acababa de contar, común en esta casa donde la tradición del chiste es larga, y baste echarle una mirada a mis propias novelas. Pero esta vez no se trataba de una risa excesiva, de esas que luego lo llevan a uno al llanto, como es común al llegar siempre a los límites de algo, sea el amor, la felicidad, el dolor mismo: lo que sigue, cuando se llega a su límite, es su opuesto. En este caso no era así. Era la risa convertida en llanto. En dolor. Me pasé el bocado y le pregunté que qué le pasaba. Me dijo que se sentía mal porque sus amigos, aquí en Nueva Zelanda, no se reían de sus chistes. ¿Cómo es eso? Ni yo me río, adelantó, de los de ellos. ¿Cómo es eso? Se me hacen insípidos sus chistes, sin chiste, y a ellos igualmente les parecen los míos. ¿Que cómo es eso?, alcé más la voz, pues parecía que en mi hijo ya estaba hablando un poseído. Entonces mi hijo me explicó que sus amigos de la escuela contaban chistes de una forma en la que todos se partían de la risa menos él, y me dio varios ejemplos, y luego me dijo que él contaba sus chistes y que nadie se reía, que lo que hacía era más bien traducir los chistes del JJ o del Costeño o de otros de los comediantes que vemos en casa en las tardes, los chistes que más le gustaban y hacían reír, y que sus amigos no les entendían nada, ni se reían de nada, y terminaban siempre preguntándole: ¿y qué sigue?, cuando ya en realidad el chiste había terminado y era el momento de reírse, como hacía él mismo ante la mirada atónita de sus amigos. Ya mejor no quiero ni decir nada, ni hablar nada ni hacer nada, me dijo mi hijo y esta vez las comisuras de los labios le temblaron. Confirmé lo que afirmaban los libros que había leído al respecto del humor de cada cultura, incluido aquel célebre freudiano del chiste y su relación con el inconsciente, o aquel otro de Bergson, La risa, pero obviamente no era el momento apropiado para evocarlos ni mi hijo, tal vez, tenía la edad todavía para entenderlo. Lo que sí estaba claro es que se estaba enfrentando a una barrera peor que la del idioma, ya superada luego de vivir más de diez años en este país: la del humor. Aprendemos inglés, chino, francés, si queremos árabe y alemán, para luego comunicarnos de tal modo que podamos pedir un litro de leche, pagar la luz, hablar del clima con el vecino, pedir una cuota en una agencia de viajes, logrando así sobrevivir sin ninguna tribulación y morir viejos en algún hospital del país extranjero al que, bien o mal, ya pertenecemos,  pero cómo aprender a reírnos de sus chistes, cómo lograr que se rían de los nuestros, cómo achicar esas distancias, tan profundas, y de qué forma barrenar esa frontera sin morir a mitad del camino. Eso era lo que me estaba implícitamente  preguntando la impotencia de mi hijo y yo, ésta vez, supe todo menos qué responderle.

 

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