Charles Fourier, educar las pasiones

Tal vez el último en imaginarse la trascendencia que tendría su propio pensamiento político y social sería el mismo Charles Fourier, quien nació en Francia a finales del siglo XVIII y fue hijo de un adinerado comerciante, del cual heredó, por cierto, una enorme fortuna cuando apenas era un niño. Un poco a contracorriente de sí mismo, el espíritu siempre rebelde de Fourier le proveyó una vida intensa y, en más de un sentido, apasionada. Este apasionamiento, que enriqueció con viajes, lecturas (sobre todo de periódicos, de donde extrajo la mayor parte de su pensamiento político) y su intenso activismo social, lo llevó a ciertas conclusiones sobre cómo debería ser educado el ser humano para poder llegar a convertirse en un ciudadano ejemplar. Fourier descubrió que todo se reducía, prácticamente, a no frustrar las pasiones, pues esta represión iba en contra de la naturaleza humana. “El individuo debe encaminarse hacia el bien sometiéndose ciegamente a las pasiones”, escribió Fourier, convencido de que este axioma era inobjetable. Entre estas pasiones estaban, aparte de las de los sentidos, también las afectivas: el amor, la amistad, la familia y la ambición. Pero también otra no menos importante: la que tendía a relacionar la felicidad nuestra en relación con la de los otros hombres. Para Fourier, la base de la armonía social (y es esto lo que más asombra de su pensamiento político) es el amor, pasión que debe ser educada desde la tierna infancia, a través de la cocina, que enseña a los niños a trabajar en equipo, y a través de la ópera, que los pone en contacto con todas las artes. Un poco a la manera de Maquiavelo, cuya pensamiento era absolutamente realista y pragmático, jamás utópico, la de Fourier no lo es menos, sobre todo en tiempos en los que  nuestras pasiones (en especial aquella controla nuestra ambición) parecen no tener límites y las ciencias humanas (esas que trabajan directamente con nuestra frágil sensibilidad) son ocupadas por los saberes puramente utilitarios. Volver a las páginas de Fourier es no olvidar que a los seres humanos nos mueven (hacia adelante o hacia atrás) algunos cuantas fuerzas básicas (instintos, pasiones, deseos)  y que depende de éstas, en su conjunto, el dichoso o trágico destino de cada individuo y de toda sociedad.

 

 

 

 

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