Canarios

Ayer mi hija dejó la mitad de un huevo cocido sobre el pretil de la cocina, junto al bote de miel. Lo vi y pensé en mi abuela Carito, inmediatamente: plac. La espalda de mi abuela Carito alejándose en el corredor de la casa de Nicolás Bravo, rumbo a la cocina, con su andar lento. ¿Qué tiene que ver la mitad de un huevo cocido la espalda y el andar lento de mi abuela Carito alejándose en el corredor de la casa de Nicolás Bravo?, alguien se preguntará. Mucho. Pues mi abuela Carito tenía canarios. Canarios hermosos, que cantaban en las mañanas. Hablaba con ellos y, a veces, se confundía con ellos. Mi abuela Carito también era un canario. Su voz delgada y fina como la de la voz amarilla de los canarios en aquellas mañanas. ¿Y el huevo cocido? Es que mi abuela Carito, pude verla ayer noche, cocía huevos, muchos, y luego se sentaba a picarlos finamente, para luego alimentar a sus canarios. Ponía el huevo cocido finamente picado en unas bandejitas de barro -los que la vieron no me dejarán mentir- y después, mientras se aproximaba a sus canarios- les hablaba y les hacía un ruido que producía con la lengua pegada contra los dientes, como el que hacen las madres que le dan la papilla a sus pequeños hijos. Los canarios se alborotaban al solo verla, y cantaban. Pues ayer noche, apenas vi la mitad de ese huevo cocido sobre el pretil de la cocina, escuché ese canto, otra vez. El canto de los canarios, el canto de mi abuela, fundida ahora en ellos.

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